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Miroaver nace en 2023, pero su historia comienza mucho antes que la marca.
Nace en la infancia de una niña criada por muchas manos, pero sobre todo por mujeres.
Creció rodeada de su bisabuela, sus abuelos maternos, sus hermanos, sus tías y tíos, sus primas y primos: un hogar sostenido por el cuidado colectivo mientras sus padres trabajaban. Sin embargo, eso no significa que ellos no la vieran crecer; sus padres siempre han estado presentes. Viene de un linaje femenino fuerte, de un matriarcado donde el hacer con las manos era parte de la vida.
Sus abuelas eran modistas.
Y entre costales de telas, retazos, agujas y máquinas de coser, ella empezó a crear.
De niña hacía vestidos para muñecas. Confeccionaba las cortinas, las fundas y las cobijas de la casa de muñecas. Con el tiempo, esos juegos se transformaron en objetos más útiles: bolsos, neceseres, arreglos de ropa, camisetas, tops y pijamas; piezas que nacían de una necesidad. Porque siempre fue así: cuando sentía que deseaba algo, lo creaba. Era su forma de habitar el mundo.
Aunque muchas veces le dijeron que eran “trapos” o “pedazos”, siempre hubo una intención clara: crear para usar.
No hay que dejar de lado esa parte del amor por los alimentos. Comer sentados en la mesa y en familia siempre fue algo importante y, para ella, es el acto de amor más puro: alimentar al otro. Siempre que podía se metía a la cocina a ayudar y, cuando no podía, creaba alimentos con plastilina. Con el tiempo le soltaron la cocina y ella pasó a ser quien preparaba los almuerzos en casa mientras los demás trabajaban dentro o fuera de ella.
Aprendió a cocinar con especias porque le parecía importante no utilizar alimentos o ingredientes procesados. Siempre le importó volver a los alimentos reales, a los sabores naturales y a lo más parecido a las comidas que se hacían en la ruralidad de donde venían sus abuelos.
Años después, al llegar a Medellín, Colombia, surge la necesidad de independizarse. Se había mudado desde su ciudad de origen, Pasto, Nariño, para estudiar una carrera universitaria. Lejos de su familia, continuó cocinando para ella misma y, sobre todo, aprendiendo a vivir sola.
Este proyecto aparece entonces como un camino: no solo económico, sino también como una forma de exteriorizar, por medio del arte, esos sentires reprimidos que alguna vez no aprendió a gestionar de pequeña y que hoy son importantes porque quiere vivir tranquila y en consciencia.
Miroaver es una búsqueda.
De volver a lo artesanal, a lo análogo, a los procesos lentos y conscientes.
De recordar que en casa también se puede crear, reparar, cocinar y cuidar.
De entender que no todo se compra, que muchas cosas pueden hacerse con las manos.
Es también una postura frente al mundo: usar lo que ya existe, evitar el exceso, ser conscientes con los materiales, reducir el desperdicio y habitar de forma más sostenible.
Gracias por leerme y creer en mí.
No se imaginan el amor que estoy sintiendo y las ganas que tengo de crear.
Con amor, Ana Lucía Charfuelan Enríquez.
